Discernimiento
de los espíritus
El autor de la carta
pone en guardia a sus lectores contra los falsos profetas. Es vedad que se fía
de ellos y reconoce que tienen formación y preparación. Les dice que sabe que
conocen la verdad ( 2, 21. 27) y que poseen el don del
Espíritu Santo. Pero esta su fe no les hace impecables ni invulnerables. No
basta tener fe y estar de buena fe, porque hay muchos falsos profetas que
pululan por doquier extendiendo sus erróneas enseñanzas y perniciosas
doctrinas. Para conjurar estos peligros hace falta que sean cautos y prudentes
y que no se fíen de cualquier postor. El lobo se presenta camuflado y revestido
con piel de mansa oveja. Se necesita ser muy precavido y andar con mucho tiento
discer-niendo bien los
espíritus si son de Dios. Es decir, si la doctrina que enseñan los que se
presentan como maestros es la verdad que viene de Dios. En los tiempos que
corren hace falta el don del discernimiento o discreción de los espíritus,
examinándolos muy bien antes de dar crédito a cualquier viento de doctrina: «Carísimos,
no os fiéis de cualquier espíritu, antes bien, examinad si los espíritus son de
Dios, pues muchos falsos profetas han venido al mundo» ( 4, 1).
Criterios de discernimiento
Sin
duda San Juan tiene aquí presentes las palabras del divino Maestro poniendo en
guardia contra las asechanzas de los pseudoprofetas, que eran doctores de
mentira y pretendían seducir al pueblo con fines interesados:» Guardaos de
los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por
dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis.» (Mt 7, 15-16)
Aquí el criterio de discernimiento seguro e infalible es la profesión de fe en
Jesucristo, el Verbo encarnado. Ya San Pablo había dado este criterio claro y
simple: «Nadie puede decir Señor Jesús si no es en el Espíritu Santo» (1Co
12, 3) El Espíritu de Dios es el que mueve a hacer esta profesión de fe.
Por tanto todo el que confiesa que Jesucristo es Dios y hombre está influido
por el buen espíritu. Y, por el contrario, el que niega o pone en duda esta fe,
es un anticristo y no está en él el buen espíritu. Así pues la profesión de la
fe verdadera es la línea divisoria de los dos espíritus, opuestos, antagónicos,
e irreconciliables entre sí:
«En esto reconoceréis al espíritu de Dios: todo
espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne mortal, es de Dios; y todo
espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; ese tal es del Anticristo, de
quien habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo.»( 4, 2-3).
El creyente participa
de la fuerza de Dios.
Después
de haber afirmado rotundamente que el Anticristo anda suelto por el mundo, para
que no cunda el pánico en ellos, los tranquiliza con una verdad llena de
confianza y esperanza: Dios está con ellos. No hay, pues, nada que temer. Ser
de Dios es participar de la fuerza de Dios para superar todas las fuerzas del
mal, porque Dios, el poder de Dios, es infinitamente superior a todas las
fuerzas del mundo. Ellos ya han vencido al Maligno mediante su fe, como les
dice en (2, 14). Que se mantengan firmes en la profesión de la verdadera fe,
sin desviarse ni a derecha ni a izquierda, y no tendrán nunca nada que temer.
Ya afirmaba también categóricamente San Pablo: «Si Dios está por nosotros
¿quién contra nosotros?» (Rm 8, 31) Se
impone pues la consoladora y reconfortante conclusión: «Vosotros, hijos
míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que
el que está en el mundo.»(4,4)
Ser de Dios y ser del mundo.
El
Apóstol insiste en poner en guardia a los suyos contra los peligros del mundo,
como ya había hecho antes. El término mundo tiene aquí sentido peyorativo: un
mundo de maldad e iniquidad que es contrario a la verdad y al amor de Dios: «No
améis al mundo y cuanto hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del
Padre no está en él. .Porque cuanto hay en el mundo- la concupiscencia de la
carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas- no viene
del Padre sino del mundo.» (2, 15-16).
Ser de
Dios es ser poseídos por Dios. Los creyentes fieles son posesión de Dios y
poseen el espíritu de Dios y andan por el camino de la salvación. Por el
contrario los falsos profetas son del mundo. Están poseídos por el espíritu del
mundo, y hablan según el mundo con criterios falsos y engañosos, con halagos
seductores, predicando la molicie, la comodidad y el confort, que se oponen a
las máximas de sacrificio y de renuncia que predica el Evangelio. A los
mundanos les gusta este lenguaje y lo acogen con complacencia y agrado: «Ellos
son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha.»(4, 5)
El
Apóstol San Pablo alertaba también de este peligro a su querido discípulo
Timoteo: «Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la
doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un
montón de maestros por el prurito de oír novedades.» (2Tm 3. 4)
El discernimiento don del Espíritu
El
descernimiento del que se trata es un don del Padre concedido por el Espíritu
Santo, como afirma el mismo Jesucristo: «Yo pediré al Padre y os dará.el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede
recibir, porque no lo conoce. Pero vosotros le conocéis porque mora en vosotros
y estará con vosotros.» (Jn 14, 16-17) Por eso el que vive conforme a la
verdad y el querer de Dios escucha las enseñanzas de los Apóstoles. El que no
vive según Dios las rechaza.
El Magisterio de
El
Apóstol dice «nos escucha». No se trata de aceptar la opinión de un
particular sino la doctrina de los Apóstoles, del magisterio de los Apóstoles y
sus sucesores. El que es de Dios, y vive según Dios acepta las enseñanzas del
magisterio apostólico. De aquí se deduce también por recíproca contraposición,
que el que las rechaza no es de Dios ni vive según el Espíritu de Dios. A
propósito de este magisterio de los Apóstoles dice el propio Jesucristo: «Quien
a vosotros os escucha a mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a mí me
rechaza, y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16) Los
Apóstoles son muy conscientes de esta autoridad de docencia que han recibido
del mismo Jesucristo, Hijo de Dios. Las palabras finales del Evangelio según
San Mateo son de lo más elocuentes al respecto: «Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado.» (Mt 28, 19-20)
La
conclusión de San Juan es también clara y precisa: «Nosotros somos de Dios.
El que conoce a Dios nos escucha. En esto reconocemos el espíritu de la verdad
y el espíritu del error.» (4, 6)
Pedro
Cura cpcr.